De excursión a Panxón.

Me voy a permitir el lujo de imaginar el recorrido que realizaron los estudiantes del Colegio Apóstol Santiago el 23 de octubre de 1930.

Si se sube a este tranvía especial quizás experimente el lector las mismas sensaciones que ellos tuvieron y que muchos no hemos tenido por haber desaparecido los tranvías de la ciudad antes que nosotros naciéramos.

Adelante, ¡tome asiento!

De las cocheras de Chapela salió aquel espléndido día el tranvía en su recorrido por la ciudad. Cerca del Colegio un apeadero, en donde los jóvenes se subieron al tranvía llenos de ilusión por apartarse de los libros por un día. Recorrió el tranvía las calles de Policarpo Sanz y García Barbón. Precisamente en esa calle tomaron el ferrocarril Vigo-A Ramallosa. Poco tuvieron que esperar porque saliendo de la Praza de Portugal y una vez tomada la curva de la calle Uruguay , el ferrocarril que tenían que tomar bajaba por la calle Colón acercándose a García Barbón a la altura del Banco de Vigo. Continuaron su camino atravesando la Puerta del Sol y algún joven vio con sus propios ojos la majestuosidad del Hotel El Moderno con todo su lujo y encanto. Otro joven se fijó en el comercio de La Villa de París, del que tanto le había hablado su madre. Los más deportistas se fijaron en El Sport y soñaron con comprar ahí las equipaciones para jugar al fútbol o al tenis.

El ferrocarril pasó por el Paseo de Alfonso y el color del agua de la ría de Vigo maravilló a todos. Continuaron charlando, hablando y gritando ante la atenta mirada de sus profesores, circulando por la calle General Aranda, y acercándose a As Travesas, una zona de la ciudad que no todos conocen. Y ahí estaba la estación de A Florida en la que todos querían parar para ver el zoo. El ferrocarril se detuvo y se agolparon todos contra los ventanales del ferrocarril. Alguno puso cara de sorpresa al ver la mona de la Florida saltando de un lado para otro al ver a tantos jovenes pendientes de sus movimientos; a otros les hizo más gracia la fuente y el estanque con los patos.

Salío raudo y veloz el ferrocarril dejando atrás la ciudad. Los muchachos se sentaron y empezaron a cantar canciones de confraternidad camino del campo, de la amplitud del paisaje, de los arenales…

El ferrocarril alcanzó Camposancos y se acercó a la costa, presentándose ante ellos unas preciosas vistas de la entrada de la Ría de Vigo. Cruzó el río Fox, desde donde subió al collado de Coruxo y bajó al arroyo Molanes, ceñido al monte Verdial y a la ladera de Canido. Volvió a subir hacia San Miguel de Oia y después bajó al arroyo de Fontán, en una especie de montaña rusa. Paisajes increíbles para aquellos jóvenes cuyo espacio de esparcimiento era el patio del Colegio. El ferrocarril cruzó el arroyo Caba, cortó la estribación de Prado, y una vez superada esta ladera, pasó a la de Patos y Panxón entrando en tierras del valle de Nigrán.

Ya desde la estación de Panxón pudieron ver el pueblo con sus casas de pescadores y algún que otro chalet, la esplendorosa arquitectura del templo Votivo del Mar, y allá a lo lejos el arenal de Lourido.

El día transcurre como tantos otros de una excursión merecida, entre cánticos, rezos, risas y travesuras. Unos visten pantalón corto, otros pantalón largo por aquello de la edad.

A la vuelta, los cuerpos cansados de tanto ajetreo reposaban en los duros asientos de madera, en dirección al centro de Vigo, cruzándose con los trenes que hacían el viaje contrario en Canido, Muiños y Coruxo.

Previous:
Franqueo mecánico de 1978.
Next:
Exposición: Astronomía y Cine.